Te recuerdo, Jara
03/06/2009

A los dieciséis, mientras estudiaba guitarra en el Conservatorio -a esa edad era tarde para empezar a “leer” música, aunque prometo que lo intenté- me pasaron un cassette de Victor Jara. Era un recital en vivo, o mejor dicho un “bootleg” salvado en plena migración de la resistencia izquerdista hacia el poder. No estoy seguro si fue grabado en una universidad de Perú o México.
Era mi etapa “idealista” (para tratarme con cariño): leía sobre Marx, escuchaba Rage Against The Machine, devoraba los textos sobre el Golpe de 1973 (y peleaba con mis compañeros hijos de marinos) y me ponía a conversar con tipos que por ser a mí no me robaban en el centro (aunque una vez uno me amenzó de muerte, totalmente drogado por el neoprén)
Los libreros me miraban enojados cuando revolvía sus porquerías de libros. También escuchaba en mi walkman “Grandes éxitos” de Silvio Rodriguez y ahora, este disco de Jara. Obviamente ya había leído mucho sobre él, sobre su muerte y las citas en las canciones de U2 o The Clash, que en esa época al menos eran importantes. Supe que Cristo le parecía un “personaje muy interesante”, que tocó en Cuncumén y que formó una banda tipo The Byrds con los Blops.
Si bien me sorprendió su voz (parecía de profesor, en el peor sentido) y me gustó que la guitarra de “La Cocinerita” estuviese amplificada, debo decir que “Te recuerdo Amanda” o “Cuando voy al trabajo” me afectaron más de lo que esperaba. Recién entonces recordé las venidas a la casa de mi tía Cecilia cuando era muy chico, cuando intentaba tocar su guitarra siguiendo esa música acústica de izquerda y con arpegios.
Me conseguí más discos, hasta logré sacar “Luchín”, pero no podía alcanzarlo. Su voz, esa extraña voz de profesor se me escapaba, quizá porque se quedó en ese 1973, cuando él mismo no podía evitar politizarse. En verdad, todo el país era tan estúpido que era capaz dar la vida por una idea, aunque al final realmente muchos se escaparan dentro de los barcos, delataran a sus compañeros o se quedaran con los fondos de la solidaridad internacional. (1)
Y leyendo estas cosas, aunque sin tener bien claro las negociaciones de la transición, o los crimenes perfectos políticos, dejé las canciones de Victor, sus arpegios. O mejor dicho él mismo se fue. No estaban los tiempos para cantarlo. O quizá era una idiotez prenderle velas o juzgarlo con la severidad brutal de la Derecha. Seguro que prefería el Teatro, aunque supe que se peleó con Neruda porque éste odiaba el rock. Algo así. A veces, me quedaba mirando a los tipos de pelo largo de la Universidad de Concepción cantando sus canciones con ojos enrojecidos. Entonces, subía el volumen de mi walkman donde tenía a The Smiths. Y eso no es nada, porque más adelante terminé publicando en Rebelion y El Mercurio. Aunque debo decir a mi favor, que mi plata se iba directo al arriendo de una miserable pieza que antes fue un baño baño en suite. Pero esa es otra historia.
(1) Estos dos últimos, los grandes tabúes de la transición, aunque el primero es más entendible que el segundo, sobretodo con los manuales de tortura importados de la Alemania nazi. .